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Cuadros
dramáticos sobre Lottie Moon
¡Cuánto amó, quien por amor se dio!
Cuadros plásticos basados en la vida de Lottie Moon, misionera a China
Por
Ana María Alvarado
Escena 1
Escenografía Viewmont, Virginia. Representa una sala de
estar de familia acomodada típica del sur de Estados Unidos antes de la
Guerra Civil. La escenografía debe ser sobria y elegante con muebles de
la época (1840), una mesita de centro o de té con un Biblia visible al
público. En la misma mesita puede haber un juego de té de plata o
porcelana y una lámpara de mesa antigua. En las paredes puede haber
cuadros de cacería o simplemente paisajes que representen el sur de
Estados Unidos.
Vestuario Deben dar efecto de lo que se llevaba a mediados del
siglo XIX. El Sr. Moon, riguroso traje con su lacito al cuello y camisa de
cuello alto tipo mariposa y la niña con vestidito largo con cintas. Los
niños también propiamente vestidos con pantalones tipo bombachas. Todos
los trajes deben ser de color oscuro.
Maquillaje El Sr. Moon, hombre joven de pelo relativamente
largo, pero no melena. Debe estar bien peinado con algunas canas al
frente. La niña debe mostrar un gran lazo en la cabeza y el pelo medio
recogido, pero suelto por debajo de la cinta. Los niños con peinados bien
pegados.
Luminotecnia - Las luces juegan un papel muy importante. Debe
cambiar de ámbar a rojiza a blanca en cortos intervalos.
Desarrollo de la escena - Sentado en un butacón alto aparece el
Sr. Eduardo Moon y sentados en la alfombra sus tres hijos pequeños,
Thomas, Oriana e Isaac, de edades entre dos y ocho años.
Mientras se va
leyendo la historia, el Sr. Moon se mueve nerviosamente en su butacón y
se levanta a veces dando pasos, frotándose las manos y mirando
curiosamente hacia el interior de la casa, que puede ser a cualquier lado
del escenario. Los niños juegan con muñecas antiguas o juguetes que
denoten el tiempo en que ocurre la escena. A veces miran al padre
extrañados y también miran hacia el interior de la casa, se levantan le
toman la mano al padre, le miran a la cara como si hablaran con él. El
padre les hace algún cariño, les pasa la mano por la cabeza, etc. Los
niños vuelven a sus juguetes en el piso.
Cuando lo indique
el lector y se oye el llorar de un recién nacido, el padre se levanta
animoso, le da una palmadita a cada hijo, se lleva las manos juntas a los
labios, eleva la mirada al cielo como en actitud de oración con una gran
sonrisa a flor de labio. Acto seguido y con paso firme se adentra hacia el
interior de la casa.
Mientras, los
niños se miran unos a otros con semblante de duda y hacen gestos con la
cara, vuelven a sus juguetes.
Al rato aparece el
padre amante con una sonrisa de placidez para informarle a los hijos que
ha nacido una nueva hermanita. Los carga, los besa y hace los gestos
propios de quien da una noticia agradable.
Lector masculino:
Hacía un día ligeramente frío y a través de las ventanas de la casa se
veía la blancura de la nieve por todas partes de los 1,500 acres de
tierra que rodeaban a Viewmont, Virginia. Este hermoso lugar había sido
el hogar de Ana María desde muy niña y su padre adoptivo se lo dejó en
herencia a la muerte de su madre. Eduardo Moon y Ana María contrajeron
matrimonio el 16 de octubre de 1830, cimentando con esa unión, una
robusta descendencia. De familia cristiana, el nuevo matrimonio afirmó su
matrimonio en el servicio al Señor y así intentaron criar a su abundante
prole que llegó hasta siete.
Eduardo Moon era
diácono de la iglesia bautista, y tanto él como su esposa eran muy
conservadores. Amaban la obra y fueron ellos quienes donaron el terreno y
el dinero para la Iglesia Bautista de Scottsville, Virginia. Sin embargo,
la familia, criada en la abundancia de bienes terrenales, no iba a seguir
la fidelidad de los padres en las cosas del Señor. A veces se negaban a
asistir a los cultos.
Se vivía en esos
tiempos bajo los debates de conservadores y liberales en cuanto a las
cuestiones religiosas y abrían grandes brechas dentro del grupo de
creyentes. Fue un tiempo de confusión para muchos que paulatinamente
fueron apartándose de sus respectivas iglesias porque ya no sabían qué
creer. Esta influencia dio como resultado la apatía de los hijos del
matrimonio Moon.
Los esposos Moon
eran personas muy educadas por lo que en el hogar se respiraba un aire de
cierta intelectualidad, poco común en el Sur donde generalmente era el
hombre el educado y la mujer, compañera idónea o no, rezagada a un
segundo plano donde pocas veces intervenía en conversaciones mixtas. Era
la época cuando indefectiblemente, se formaban dos grupos en cualquier
reunión, los hombres a un lado y las mujeres al otro. No así en el hogar
de los Moon donde Ana María, dado a su exquisita educación, intervenía
y atendía a sus visitantes, que eran muchos, a la par que Eduardo.
Por este tiempo,
algunos pastores bautistas se desplazaban tras la predicación e iban
visitando distintas iglesias en largos recorridos. Muchos de ellos
encontraron grata acogida en el hogar de los Moon. Inclusive, se
aprovechaba la oportunidad del ministro visitante y se daban cultos.
Pero en fin, el
día que nos ocupa en nuestra historia, el 12 de diciembre de 1840, había
transcurrido sin mayores tropiezos con las faenas propias de un hogar que
disfrutaba paz y donde residía el amor familiar. Rara vez había
desavenencia en este hogar por lo que la vida transcurría con la
apacibilidad típica de las familias cristianas del sur. La situación
económica les permitía vivir sin preocupaciones mientras que la
educación de los hijos era esmerada.
La bella Ana María
Moon esperaba el cuarto vástago de la feliz pareja y todo era expectativa
porque de un momento a otro podría llegar el anhelado bebé. La hacendosa
madre había ya hecho algunos preparativos para la Navidad que se acercaba
y cuando se celebraría el nacimiento de Jesús con un nuevo fruto del
matrimonio. Todo era emoción y alegría. A los niños se les dijo que
pronto recibirían un hermanito o hermanita que iría completando la
familia Moon. Ellos habían observado el vientre de su madre abultarse,
pero no sabían nada más, solamente confiaban en la promesa de los padres
de que estaba por llegar otro niño al hogar.
En medio del
nerviosismo de la espera y rogando a Dios que todo saliera bien, Eduardo
Moon, contemplando a sus tres hijos confiaba en que pronto todo se
tornaría en alegría. Fue cuando oyó el grito anhelado de ese alguien
amado que acababa de hacer su entrada al ámbito del hogar.
Padre amante y
dedicado, le mostró en esos momentos a sus hijos, el amor que sentía por
ellos, pero la curiosidad no lo dejaba tranquilo y de un salto se
encaminó hacia el lecho donde su esposa lo esperaba para presentarle a su
nueva hija, la niña Carlota.
Lectora femenina:
Así llegó al mundo Charlotte D. Moon, quien desde muy niña se le
comenzó a llamar Lottie. Fue una niña vivaracha, amiga de maldades y
juegos y muy diminuta. Quizá su físico diminuto le permitía hacer sus
maldades con más facilidad, pues podía ocultarse sin mucha dificultad.
En un ambiente
familiar agradable y con un poco de descuido en la disciplina, Lottie
jugaba con sus hermanos y andaba como una travezuela por todo el campo
alrededor de Viewmont.
Desde muy temprano
en su vida, aprendió modales refinados y su madre la fue educando, al
igual que a sus hermanos, en las letras y las ciencias. Desde muy pronto
Lottie captó muchas de las enseñanzas de su madre y mostró interés en
aprender. Era una niña inteligente que recordaba todo lo que se le
decía. Le gustaba saber e investigar lo que no sabía. La madre se
preocupaba de que siempre se hablara de literatura, de historia y de
cualquier tema interesante que pudiera servir de aprendizaje a sus hijos.
A pesar de que el tema de la religión se comentaba con frecuencia, era en
esto en lo que Lottie no mostraba mucho interés. Las cuestiones
espirituales la enfadaban un poco. Al igual que sus hermanos, parece haber
rechazado la mucha insistencia de los bautistas conservadores donde a todo
se le buscaba el lado negativo y muy pocas eran las cosas que no se
consideraban pecado.
En estos tiempos
todavía prevalecía la idea de los niños como pequeños adultos,
sobretodo cuando había visitantes en la casa. En casa de los Moon, esto
se observaba a medias, pues los padres eran muy permisivos para con su
prole. De modo que los hijos vivieron un poco distinto a otros niños de
su época. No obstante, les fastidiaba cuando un comportamiento más
riguroso se les exigía. Quizá esto fuera la causa de esconderse cuando
era hora de ir a la iglesia y asistir a cultos donde siempre la norma era
discutir las disputas fundamentales de la fe y el ataque certero contra
los que no pensaban como ellos.
Sin embargo, de
cualquier inconveniencia propia de cualquier hogar, la niñez de Lottie
Moon se desarrolló sin contratiempos y en un ambiente de tranquilidad,
alegría y amor. La familia continúo creciendo y era un motivo de gozo y
dicha cada vez que en la casa de dos pisos se oía llorar a un nuevo bebé
como anuncio de su arribo a Viewmont.
Lottie fue la
hermana del medio. A ella la siguieron tres hermanas, Sarah, Mary E. y
Robinett. El padre, Eduardo Moon, murió inesperadamente el 26 de enero de
1853. Tenía Lottie entonces 12 años de edad. Fue cuando su madre, Ana
María, le cambió el nombre de la hija menor, Robinett a Edmonia en
memoria del padre. Con los años, Lottie y Eddie se unirían en el sueño
misionero a la China.
Escena 2
Escenografía Quizá se pueda usar la misma escenografía
anterior con ciertas variaciones en el mobiliario. Debe representar la
sala de recepción de un seminario femenil del sur. Esta sala debe
representar tanto el instituto en Botetourt Springs, Virginia, como el de
Albemarle en Charllottesville, Virginia. La época es entre 1854 y 1858.
Es recomendable que
se distribuya el mobiliario y se agregue un escritorio con un tintero de
pluma de ganso, papel, una Biblia, otros libros de texto y algunas flores,
además de la consabida lámpara antigua. Si es posible esta lámpara
pudiera ser de escritorio. En las paredes debe haber algún mapa de
Virginia preferiblemente o de Estados Unidos además de algún cuadro con
algún motivo religioso. El ambiente en general deber ser bastante sobrio
con cortinas gruesas.
Vestuario Una mujer adulta vestida de negro con falda larga y
peinado en moño sentada al escritorio. Dos o tres jóvenes sentadas con
alguna mujer adulta en la sala en actitud de espera. Todas calladas y
moviéndose con cierta intranquilidad.
Maquillaje Igual a la escena anterior.
Luminotecnia Luces claras, pero no brillantes. Todo el siglo
XIX se caracterizó por la sobriedad y a esto deben ayudar el uso de las
luces.
Desarrollo de la escena En medio de la escena, alguien puede
entrar y salir después de traer algunos papeles y representar una breve
conversación con la señora en el escritorio y con la persona adulta que
acompaña a las jóvenes.
Esta escena no
tiene mucho movimiento por cuanto representa una institución académica
donde apenas se oía volar una mosca. Sin embargo, para darle interés, es
prudente que entren y salgan algunas jóvenes con sus libros en el brazo y
vestidas muy conservadoras. Estas jóvenes pueden traer algún papel y
dejarlo encima del escritorio, hacer alguna consulta a la señora en el
escritorio, recoger algún libro o carta, mirar inquisitivamente a las
jóvenes que esperan, sonreír a la señora acompañante y salir
rápidamente de la escena.
Lectora femenina:
Ya en 1855 los tres hermanos mayores habían estudiado y se habían
licenciado, Thomas y Orianna de médicos e Isaac de abogado. Fue el año
en que Lottie comenzó sus estudios en el Seminario Femenil en Botetourt
Springs, Virginia. En ese año escolar comenzaron 100 alumnas, número
extraordinario para esos años en que la mujer poco contaba en la sociedad
dominada por el sexo masculino. Eran los hombres los que estudiaban y se
graduaban y claro, dirigían el destino no tan solo de las familias sino
de todas las demás áreas. La familia Moon se caracterizó por romper
barreras al preparar tanto a sus hombres como a sus mujeres. La madre
ponía mucho empeño en dejar a todos sus hijos con una buena educación,
y lo logró.
Lottie Moon además
de tocar el piano, arte en que se sobresalían las niñas de su época por
considerarse entre las bellas artes propias de la mujer, excedía en sus
cursos académicos. Fue un alumna sorprendentemente brillante. La única
asignatura que no le interesaba y la que dejó caer fueron las ciencias.
Quizá porque el maestro no supo motivarla o porque sencillamente no le
llamaba la atención su estudio, la pasó raspando el
"tolerable."
Sin embargo, en
idiomas fue una de las mejores si no la mejor alumna de su tiempo. Era una
verdadera intelectual que pronto habría de merecer juicios muy
halagadores por su condición de mujer culta y sumamente preparada.
En las clases
Lottie fácilmente aventajaba a sus compañeras, pero era más atrevida en
cuanto a su conducta. Las otras, por respeto no se atrevían a las
maldades que Lottie hacía.
Llegó la época de
las vacaciones y Lottie regresa al hogar donde encuentra a su querida
hermanita Edmonia y a mamá esperándola. Viaja en coche tirado por
caballos con sus bultos y su alegría contagiosa.
Lottie era una
diminuta joven de apenas 4 pies 3 pulgadas, delgada, con el pelo recogido
en moños sueltos adornado con cintas y lazos. En esa época de su vida,
Lottie era un torbellino. Caminaba apresuradamente, costumbre que nunca
abandonó, se reía, disfrutaba de la vida y repartía alegría
dondequiera que se encontraba.
Una vez que llega a
su hogar encuentra a la madre revisando cartas del seminario con quejas
sobre la conducta de Lottie. La madre se siente avergonzada del
comportamiento de su hija, pero Lottie explica todo con la mayor
naturalidad y sin dejar de reír. Era una rebelde que no admitía
imposiciones ni se sentía menos por ser mujer.
Así es como le explicó a su madre su actitud ante las reglas del
seminario.
Lector masculino:
Ana María Moon, mujer viuda al frente de toda su familia, tuvo que hacer
las veces de padre y madre. Por eso ante los informes recibidos sobre la
estadía de Lottie en el seminario, recrimina a su hija el comportamiento
no aceptable de una señorita de bien, de familia cristiana y de
costumbres refinadas. La madre conservadora en sus principios morales y
religiosos, aunque de mente amplia por su esmerada educación, no puede
dejar pasar la ocasión y le pide explicaciones a Lottie. Es cuando la
joven entre risas, pero con carácter indomable le da vueltas a las cosas
y explica con el más grande aplomo sus travesuras.
No admitía que le
impusieran la asistencia reglamentaria a la iglesia, quizá a cultos
aburridos donde se predicaba poco amor y más temor, como tenor de esos
tiempos. Se sentía atada a creencias que no le significaban nada y su
intelecto, exquisito y cultivado, buscaba ansiosamente las ideas de
grandes escritores. Lottie no disponía de suficiente tiempo para leer,
aprender, pensar, absorber las grandes ideas de los literatos y filósofos
del mundo. Gustaba de Shakespeare y con avidez buscaba oportunidades de
leerlo y empaparse de su literatura. Prefería leer a Shakespeare que a la
Biblia. Bastante dosis de ella había tenido durante sus años de niña
cuando en su casa se leía reglamentariamente y lectura que todos debían
oír con respeto y devoción. Falta grave en el seminario y que fue
notificada a la madre.
En el seminario la
campana de la institución anunciaba el despertar del día y el despertar
de las estudiantes. Sin esa campanada al amanecer nadie se enteraba de que
el día comenzaba con sus faenas acostumbradas. Todo era rutina en el
apacible sur de antes de la guerra.
El día primero de
abril de 1855, conocido como el Día de los inocentes, Lottie Moon tramó
la suya, maldad para ella ingenua, pero que trastornó todo ese diario
vivir sin interrupciones donde se sabía cada minuto lo que había que
hacer. Era un lugar sin sorpresas porque todo estaba planeado y de ese
plan, no se movía ni un ápice. Era un reglamento inflexible donde la
programación era inalterable.
La madrugada le
facilitó el momento y unas sábanas le ayudaron a consumar su deseo de
dormir esa mañana hasta tarde sin tener que asistir a clases. Lottie
subió al campanario y envolvió el badajo de la campana con las sábanas
de manera que amortiguaran todo ruido que pudiera producir cuando se
tirara de la cuerda que hacía que el badajo diera contra los lados de la
campana. Sus compañeras rieron y agradecieron su gracia porque pudieron
quedarse en cama un tiempo más. Aunque no se le castigó, sí se le
rebajó puntuación en comportamiento.
Un día unas
compañeras le preguntaron el significado de la D, como inicial de su
segundo nombre y Lottie rápida y astutamente les contestó,
"Diablo." Este apelativo gustó e inclusive lo usó Lottie para
firmar una poesía que escribió en torno a sus seis amigas intelectuales.
Con esa mente abierta y adelantada a su siglo, la tituló "La
pandilla nuestra". A cada amiga dedicó un verso y terminó con uno
que alude a ella personalmente donde se ve su despreocupación por las
cosas de la vida que la rodeaba.
Lectora femenina:
Esa última estrofa recoge la personalidad de Lottie cuando tenía 16
años. Una chiquilla traviesa y despreocupada que gustaba divertirse.
De último queda la
Lota
Que del mundo ni
una jota
Le importa y solo
anhela
De sus amigas,
francachela.
A pesar de su indiferencia por las cosas del Señor y su espíritu casi de
burla durante ese año en el seminario de Botetourt Springs, Lottie logra
graduarse con notas excelentes el 3 de julio de 1856. De ahí pasa al
Instituto Femenil de Albemarle, también en Virginia, donde comienza a
sentar cabeza y abrazar los estudios con más ahínco y dedicación. A
pesar de su educación, en este instituto no la ven con buenos ojos pues
la consideran rebelde y punto menos que hereje. Pronto Lottie Moon se
destaca en idiomas de manera extraordinaria. Aprende latín y griego,
italiano, francés y español y estudió además hebreo. Tenía una
facilidad extraordinaria para los idiomas. Habilidad ésta que le habría
de ayudar enormemente cuando el Señor la llamó al campo misionero. Sus
profesores buscaban su compañía y hasta parece que hubo proposición
matrimonial por parte de uno de ellos. Lottie declinó aunque siguió la
amistad que años más tarde iba a volver a tocar la proposición
matrimonial. Parece que este profesor quien se enamoró de Lottie fue el
que dijo: "No he leído nunca antes un inglés mejor escrito como el
de Charlotte D. Moon."
Lector masculino:
Las oraciones que se elevaron en favor de la salvación de Charlotte D.
Moon no cayeron en el vacío porque eran sinceras y provenían de personas
que la amaban y la admiraban. Los planes de Dios tienen su cumplimiento y
el 21 de diciembre, ya casi Navidad, de 1858, Lottie Moon aceptó la
salvación y pidió ser bautizada. Parece que la Navidad siempre habría
de jugar un papel importante en su vida y trascendería a las misiones
mundiales.
Lottie se graduó con una Maestría en Artes en 1861 y en esa ocasión el
Pastor Broadus la calificó como "la mujer mejor educada del Sur de
Estados Unidos."
Lottie comienza una
nueva vida. Le tocó vivir y ayudar a su familia, así como a soldados
heridos durante la cruenta Guerra Civil. Sus planes se ven tronchados. De
la riqueza pasa a la pobreza y su familia nunca recuperó lo perdido.
Lottie necesitaba trabajar y es así como comienza su carrera de maestra.
Es en Kentucky donde enseñó gramática, literatura e historia.
Durante esta época
es cuando su hermana menor Eddie se va de misionera a China en 1872 y es
cuando comienza Lottie a interesarse en las misiones. Comienza un período
de dudas y oración y Lottie confronta todos los problemas
discriminatorios de su tiempo: el poco valor que daba la Junta de Misiones
Foráneas al trabajo de la mujer.
De un instituto
pasó a otro siempre abogando en favor de las misiones y de la necesidad
de enviar mujeres a esos campos. Enseñaba en la escuela dominical,
mandaba cartas, comentaba y estimulaba para que la obra misionera se
extendiera a mujeres solteras. A su hermana Eddie la sostenían cinco
iglesias de Richmond. Eddie le escribía desde China diciéndole que era
la voluntad de Dios que fuera allá a hacer la obra.
En 1873, según sus
propias palabras, el llamado al campo misionero chino "fue tan claro
que parecía un timbre resonando en mi oído." La Junta de Misiones
Foráneas de Richmond. Virginia bajo la dirección del Rev. H. A. Tupper
la comisionó para que fuera misionera a China el 7 de julio de 1873.
No retrasó su
viaje, y el 15 de agosto de 1873 dejó Alabama para Nueva York desde donde
se embarcó para San Francisco y ahí comienza su aventura misionera el 1
de septiembre del mismo año.
Escena 3
Escenografía Una casa sencilla y humilde al estilo chino
con alfombras de mimbre en el suelo y una Biblia visible. Debe haber
ventanas alrededor para que entre la luz. Puede haber utensilios chinos en
algún rincón. Apenas una silla y una rústica mesa al estilo occidental,
pero de ser posible de confección casera. En un rincón de la escena
puede haber un tipo de fogón bajo con una olla y palitos y tazones chinos
en una repisa.
Cerca del
escenario, si es posible debe haber una replica de un shentze o
carromato chino que se colocaba en dos o tres mulas cuando se
transportaban de un lugar a otro.
Vestuario Lottie Moon vestida con vestido chino de algodón
azul oscuro con ribetes en negro al igual que las mujeres y los niños. No
hay mucha variedad entre el vestuario de hombres, niños o mujeres en la
China que vivió Lottie Moon.
Maquillaje Nada en las caras. Más bien deben ser rostros
macilentos y con temor. Pueden delinearse los ojos con creyón negro para
dar efecto de ojos alargados como los tienen los asiáticos. El peinado de
Lottie es con un moño recogido detrás de la cabeza sin adorno ninguno.
Las demás mujeres también con moños o melena corta sin ningún
artificio.
Luminotecnia Más bien claro que represente una escena diurna,
pero dentro de una casa. La cantidad de luz que puede entrar por las
ventanas es la que debe procurarse.
Desarrollo de la escena Lottie Moon aparece sentada en el suelo
rodeado de niños y algunas mujeres que representan las mujeres chinas.
También está con ella, al principio, su hermana Eddie. Ambas gesticulan
y también los niños como si estuvieran cantando y ellos oyendo historias
bíblicas. Las mujeres también escuchan desde una esquina en actitud de
respeto y con sumisión.
Lottie Moon es el
centro de atención. Con frecuencia, una luz intensa debe iluminarla por
breves segundos. Lottie Moon y su hermana Eddie enseñan y cantan con los
niños. La escena cambia al irse los niños y entrar mujeres a quienes
también les ministran. A veces Lottie se queda sola en actitud
contemplativa. En otras ocasiones puede sentarse a la mesa y escribir
cartas meditando de vez en cuando. Mujeres y hombres occidentales pueden
salir y entrar después de hablar brevemente con Lottie y su hermana .
Ellos representan otros misioneros de la zona. Lottie Moon irá
representado lo que se va leyendo. Hacia el final de la escena su hermana
Eddie, ya enferma recibe las atenciones de Lottie y se ve que ésta
prepara las escasas pertenencias de su hermana para el viaje de regreso a
Estados Unidos
Lector masculino:
Al fin se cumple un sueño y Lottie Moon está en el corazón de la
provincia china de Shantung. Allí comienza su verdadera aventura
misionera, aventura que amó hasta el día en que Dios la llamó a su
presencia.
Pronto confrontó
los rigores del campo misionero tan ajeno a los cristianos de Estados
Unidos. Al principio, tanto su hermana como ella veían a los habitantes
de este gran país como gente incivilizada y de una cultura muy inferior a
la occidental a la que ellas estaban acostumbradas. Sus costumbres eran
tan distintassu comida, su forma de actuar, sus normas de vida del
hogar, su poco respeto a la mujer y a los hijos. Todo era confusión y
duro aprendizaje que incluía un idioma tan distinto a los que Lottie
había estudiado y aprendido con tanto gusto. Eran idiomas refinados
según ella los consideraba. Ah, pero el chino era otra cosa. Esos sonidos
guturales que no salían fácilmente y esa escritura por símbolos donde
cada uno representaba muchas cosas, casi la desanimaron. Pero, en los
planes de Dios, Lottie Moon tenía su lugar en la China.
Desde el 25 de
octubre de 1873, cuando llegó, hasta que por fin se adaptó y se sintió
china y amó este lugar más que al suyo propio, pasaron muchas cosas
agradables y desagradables en la vida de Charlotte D. Moon. Detrás
habían quedado los días de Viewmont, del seminario, del instituto, su
propia escuela, sus años de magisterio, el calor del hogar, amistades, su
iglesia, las sociedades femeniles. Todo era un mundo nuevo, difícil,
hostil. Lottie pasó desde Shanghai a Tengchow y observó la miseria, las
aldeas chinas, las mujeres sobrecargadas de trabajo, la idolatría, el
recelo, el temor a todo lo extranjero.
Desde muy pronto se
hizo el propósito de ser una más entre ellos, dejar los atavismos
occidentales y compenetrarse con esa cultura distinta aun cuando le hacía
daño la comida china. Ella tenía que llegar a ser una verdadera china
para poder enseñar del amor de Jesús.
Lectora femenina:
Así fue como Lottie Moon pasó a ser Li-Ti-Au, el nombre chino que
adoptó y por el que siempre fue llamada por sus amados chinos. Ya con
más confianza y en ocasiones con el apoyo de otros misioneros con quienes
se reunía y hacía viajes misioneros comenzó su lucha contra creencias
horrendas. Una de sus grandes preocupaciones era evitar que a las niñas
se les ligaran los pies, lo que consistía en doblarles los dedos, menos
el dedo gordo del pie, hacia atrás y se los vendaban con el fin de que no
les crecieran a causa de la ruptura que sufrían. Muchas veces esto
resultaba en infecciones terribles y malolientes que en algunos casos
producían la muerte. Las niñas con los pies vendados de esta manera
caminaba con dificultad hasta que iban cicatrizando con el tiempo después
de sufrir intensos dolores sin calmantes que pudieran mitigarlos. Así
quedaban las niñas con pies diminutos y caminaban como dando saltitos.
Ningún hombre quería tomar como esposa a quien no se hubiera arreglado
los pies de esta manera macabra.
Poco a poco se fue
ganando el favor de los nativos, no predicando con palabras sino con
acciones. Una tarde salieron de merienda ella, su hermana y otra
misionera. Todos estaban deseosos de ver a las "extranjeras,"
pero las mujeres de mejor posición no se les acercaban. Comprendió
Lottie que era necesario no hacer las cosas a lo grande, sino
personalmente. Así fue que ingenuamente, por medio de sentarse a merendar
en un limpio a campo traviesa, comenzaron a unirse las gentes y se
suscitó una hermosa tarde con sermón por parte de un diácono chino y
las mujeres testificando. Perdieron el hambre ante las bendiciones
espirituales y el entusiasmo de saber que estaban en el lugar donde Cristo
las quería. Desde este momento Lottie no dudó nunca más de que había
encontrado su verdadera profesión, misionera del evangelio de la cruz a
personas que de otra manera jamás lo habrían oído.
Poco a poco va
Lottie Moon esparciendo la semilla y cosechando frutos. Su vida más que
sus enseñanzas comienza a hacer un profundo impacto en las vidas a su
alrededor. Comenzaron los testimonios, los bautizos, las predicaciones
fogosas de los hermanos chinos. Ya Lottie se defendía en chino y el
primer himno que cantó en esa lengua fue "Cristo me ama." Con
esa sencillez del evangelio, las personas deseaban continuar oyendo y
Lottie deseaba adentrarse más y más en el territorio antes no transitado
y por ende ajeno a las enseñanzas bíblicas de la salvación.
Lector masculino:
Su hermana Eddie se enferma y su salud se quebranta por día. Lottie sufre
y la atiende. Un médico misionero la ve y recomienda que inmediatamente
regrese a Estados Unidos porque su vida peligraba. Eddie era de
constitución más débil que Lottie y las inclemencias del clima y la
falta de las comodidades más rudimentarias quebrantaron su salud de tal
modo que la marcaría para toda su vida.
Llega el momento de
la despedida y Lottie la acompaña a Chefoo donde la deja al cuidado de
otros. Ella regresa al campo misionero donde experimenta la soledad y la
realidad de la vida misionera alejada de los suyos, de su idioma y de sus
costumbres. Es cuando escribe, al recibir una carta de una sociedad
femenil en Cartersville:
Lectora femenina:
"¿Nos han olvidado? Esta misionera se siente así. Gracias que ayer
llegó su carta
¡Qué hermoso estar en su pueblo con gentes que
hablan su lengua y que ha sido parte de sus vidas desde siempre! Cuánto
deseamos correspondencia. A veces nos deprimimos y nos entristecemos, ah,
pero cuando llega alguna carta que distinto es. Lo mismo les digo, cuando
vemos que otros reciben y nosotros no, nos parecen que en realidad nos han
olvidado."
Lottie aprovechaba
sus momentos de asueto y con lo decidida y arrestada que era disfrutaba de
paseos en burro y baños en el mar. Nadaba y recuperaba fuerzas y ánimos.
Cuando regresaba a la casa volvía a empacar su cama y sus alimentos y con
otra misionera se aventuraba de nuevo a visitar aldeas chinas donde aún
no había llegado la palabra de Jesús.
A veces tenían que
"acampar" en medio de agricultores, tanto hombres como mujeres
que no tenía tiempo de oír nada, pero la curiosidad les daba ganas de
acercarse a las mujeres blancas que extendían su parco equipaje en patios
infectados de animales que picaban y rodeados de fetiches e ídolos y se
hospedaban con familias cuyo único cuarto era bajo y lóbrego. Ahí
estaba el kang o cama de ladrillo donde se podía sentir un poco
menos la humedad. A Lottie con su juventud y su deseo, aunque sentía los
estragos de la inclemencia del tiempo y lo inhóspito de tales albergues,
lo enfrentaba todo con la decisión que la distinguía. Su cuerpo, sin
embargo, iba sufriendo estos estragos silenciosamente.
Hubo ocasiones en
que visitaron 44 aldeas en poco más de una semana. Se agotaba, descansaba
apenas y seguía su faena.
Cuando Lottie se
dio cuenta del recelo de las mujeres en acercársele se le ocurrió la
idea de hornear galletitas y al rato de que el olor agradable a canela
cundiera el lugar, para su satisfacción vio como paulatinamente se
acercaban y gustaban de sus galletitas. Eran los momentos para usar para
comenzar el acercamiento, hacerse amiga de ellas para luego poderles
presentar el plan de salvación. Lottie Moon tenía paciencia y no
apresuraba nada que pudiera entorpecer las relaciones que comenzaban a
cimentarse entre ellas y las mujeres chinas. Su meta era ganar su
confianza y poco a poco lo fue logrando.
Ya se sentía con
más seguridad en hablar el chino y esto le abrió más las puertas.
Cuando estaba sola en alguna aldea lejana, añoraba sus cultos en inglés
que celebraba junto a otros misioneros bautistas, metodistas y
presbiterianos. Pero estaba consciente de que había sido llamada para
darse completamente a este vasto país sin Cristo. Pasaba días sin hablar
una palabra de inglés, pero con esto se beneficiaba su chino.
Sostenía curiosos
diálogos con las mujeres chinas que le preguntaban desde los pies grandes
de los misioneros hasta otras costumbres. Ella contestaba todo y daba una
vuelta para caer en la misión que la llevó a la China.
Ya Lottie casi se
sentía en casa.
Lector masculino:
Estando Lottie ya casi cimentada y viendo los resultados de su labor,
llegó noticia de que su hermana continuaba enferma y tuvo que hacer un
alto en su camino misionero para irla a rescatar a Nagasaki en Japón. De
ahí salió con ella rumbo al hogar, a su amado hogar de Viewmont, donde
llegaron justo para celebrar la Navidad de 1876 con toda su familia.
Faltó su hermana Mollie que había muerto.
Eddie no pudo
regresar a China, pero Lottie sí. Fue una nueva Lottie Moon la que se
embarcó en el Tokio Maru en noviembre de 1877. Pasó casi un año
en su país, pero la llamaba su campo misionero, difícil y arduo como
era. Para la Navidad ya Lottie Moon se encontró en lo que ahora
constituía para ella su verdadero hogar, Tengchow.
Es en esta segunda
etapa que comienza una escuela para señoritas y continúa su labor
misionera por ese medio. Trataba de mantenerse al corriente de lo que
pasaba en Estados Unidos, pero cada día comprobaba que su corazón estaba
en la China.
Procuraba hablar de
Cristo con todos. Por eso se ponía contenta como una niña que recibe un
lindo juguete cuando la invitaban a predicar en otras aldeas. Sin pereza
se subía al shentze con su Biblia, algunos alimentos y su cama y
feliz emprendía el camino. A veces lo que la separaba del resto de la
gente a manera de dormitorio era una bufanda que colgaba en lo que
pudiera.
Cada día se
adentraba más y más y contra viento y marea se metía en el corazón de
la China. Su alma rebozaba de gozo pero su cuerpo acumulaba dolencias.
Mantenía una
profusa correspondencia con la junta foránea y con las sociedades
femeniles. En una ocasión comunicó que "la vida en el campo
misionero va disminuyendo las fuerzas sin que haya noción de ello.
¿Cómo podemos cuidarnos si hay tanto que hacer?" A veces su cartas
eran realidades que las hacían un tanto duras, pero ella se proponía
hacerles ver a sus hermanos bautistas de Estados Unidos que sin la ayuda
de ellos era imposible continuar la obra misionera. Poco a poco estas
cartas fueron haciendo mella.
Lottie Moon ya
había dejado de ser ella para ser sencillamente misionera de Cristo. Lo
mismo testificaba a hombres como a mujeres y se sentía completamente
asimilada a la cultura china. Lo que nunca pudo superar fue la comida
china que le producía serios estragos estomacales. Para remediar esto
siempre procuraba tener harina de Estados Unidos con la que se
confeccionaba sus escasos alimentos.
Un día de 1881
Lottie anunció que se iba a Harvard y advirtió a su familia que
prepararan boda para la primavera. El Dr. Toy, su antiguo profesor y quien
parece que en otra ocasión le había propuesto matrimonio, vuelve a
reverdecer el amor y Lottie lo acepta. Todo se desvaneció porque Cristo
la había llamado no para esposa y madre de familia sino para servirle a
El para ser madre de tantos chinos huérfanos de la luz del evangelio.
Muchos años después de este pequeño incidente, Lottie comentó que
había estado enamorada pero que Dios contaba más en su vida.
Lottie Moon
continuó su labor de misionera abnegada sin jamás arrepentirse de no
haber consumado una felicidad terrenal. Continuó vistiendo su vestido
chino, que no abandonó salvo las pocas veces que regresó a Estados
Unidos.
Escena 4
Escenografía La misma que la anterior, pero con más
deterioro. Pueden haber algunos utensilios rotos, algunas cortinas de
bambú raídas y una prematura anciana diminuta y encorvada por el paso de
una vida de sacrificio y abnegación. Entran y salen niños, hombres y
mujeres chinos, algunos trayendo algo, otros pidiendo algo, algunos
hablando con Lottie Moon. Esta escena debe dársele movimiento aunque ya
la efervescencia de la vida de la misionera se ve agotada. Hacia el final,
deben los personajes ir recogiendo las pertenencias de Lottie Moon y muy
quietamente parece un barco donde depositan el cuerpo frágil de la
misionera donde morirá.
Vestuario Igual a la escena anterior.
Maquillaje Igual a la escena anterior.
Luminotecnia Luces algo macilentas que indiquen que el frescor de la
juventud en torno a Lottie se ha ido, pero cuando entran jóvenes, mujeres
y hombres vuelve el ánimo y el entusiasmo al lugar.
Desarrollo de la escena Ésta es la última y más dramática
escena, por lo tanto debe moverse con el dramatismo que van presentando
los lectores. Lottie Moon prepara y entrena nuevos misioneros que van
llegando a su casa y permanecen un rato con ella para indicar que pasaron
un tiempo en su casa. Así también continúan entrando y saliendo chinos
a su casa. Lottie va poco a poco perdiendo fuerzas y se mueve con
dificultad mientras que sus amados chinos muestran desaliento e
incertidumbre.
Lectora femenina:
Rumores de guerra amenazaban la relativa tranquilidad en que ya se
desenvolvía Lottie Moon. Se teme por las vidas de todos y la escasez
puede llegar a consecuencias nefastas. Lottie continúa empecinada en su
obra de esparcimiento sin prestar atención al peligro que pueda correr su
vida. Ella estaba en su casa.
Lottie Moon había
cerrado su escuela porque su labor era evangelizar. Ese había sido su
llamado y sus cartas habían hecho eco en la Junta de Misiones Foráneas.
Habían llegado algunos nuevos misioneros entre los cuales algunos
murieron en el campo misionero por los rigores no previstos, otros
regresaron, pero algunos quedaron y ya con nueva ayuda Lottie se lanza a
conquistar nuevos campos misioneros y Pingtu es uno de ellos. Ciudad
importante, pero idólatra y difícil para el evangelio. Costó un poco
pero ya Lottie sabía cómo conquistar el corazón de los chinos. Allí se
establece una linda iglesia.
En Estados Unidos
surge la figura de Annie Armstrong y se organiza oficialmente la Unión
Femenil Misionera. Ambas pioneras en misiones se intercambian cartas de
ánimo. Cristaliza otro sueño en una hermosa realidad.
Con esto se
consolidaba la ayuda al campo misionero y poco después de esta memorable
ocasión la ofrenda que se recogía en Navidad para las misiones chinas
pesó en el corazón de más mujeres quienes tomaron la iniciativa de
promulgarla y hacerla una obligación de todos los bautistas.
Lector masculino:
Lottie regresó a su amada Virginia junto a su hermana Eddie después de
14 años de ausencia. Lottie descansó, luego habló en varias iglesias y
en la Convención Bautista del Sur celebrada en 1892 la agasajaron. Allí
se desplegó una bandera roja con el mensaje que decía: "Estamos
agradecidos a Dios porque nos mandó a la Srta. Moon como misionera. En su
corazón mora el amor de Cristo." En esa convención Lottie Moon
habló de su campo misionero vistiendo su ropaje chino. Ya le era tan
habitual para ella que no se sentía cómoda con ningún otro.
Hubo un gran
avivamiento entre los bautistas norteamericanos con la visita prolongada
de Lottie Moon. Con denuedo y sin descanso habló a muchos de las
necesidades del campo misionero y apelaba a que no fuera demasiado tarde
para reaccionar, mientras no lo hicieran, las almas morían sin Cristo.
Durante la
celebración de los cien años de obra bautista en Virginia, Annie
Armstrong habló de las misiones domésticas mientras que Lottie Moon usó
su momento para promover las misiones foráneas. Dos heroínas y
visionarias de la fe se unieron para darle el empujón definitivo al amor
por las misiones entre los Bautistas del Sur.
En la siguiente
convención celebrada en Nashville en 1893, Lottie habló con entusiasmo
de sus chinos amados y hablando con distintas sociedades femeniles estuvo
de acuerdo que la ofrenda misionera de Navidad se usara para las misiones
en Japón donde ella pasaría casi un año por razones de la guerra entre
China y Japón en 1901. Este momento marcó el verdadero comienzo de la
ofrenda anual por misiones extranjeras.
Lottie regresó a China el 21 de noviembre de 1893 después de una larga y
fructífera estancia en su país. Llegó descansada y con nuevos bríos.
Trabajó y organizó sociedades de mujeres. Hubo un gran avivamiento y los
creyentes se multiplicaban. Hubo cientos de bautizos y Lottie se
regocijaba.
Llegaron tiempo
malos y la pobreza se recrudecía. El crimen aumentó alarmantemente y las
escasas pertenencias de la misionera fueron mermadas a causa de robos. Sin
embargo, nada la detenía. Ella confiaba en su Salvador.
Lectora femenina:
El peso de los años comenzó a mermar la salud de Lottie Moon. Ya su
vitalidad de los primeros tiempos se le había escapado. A pesar de ello,
su entusiasmo por la obra misionera era una realidad en su vida. Amaba su
campo y deseaba hacer más de lo que podía. Lottie no se cuidaba, se daba
a los demás. Así fueron pasando los años y ella fue avejentándose. Se
preparó para el que sería su último viaje a Virginia. Unos chinos
amigos de Chefoo le confeccionaron ropa occidental y la prepararon para su
viaje.
Llegó junto a los
suyos y los encontró enfermos. Ella tampoco estaba muy bien, pero no se
quejaba. Los que la vieron y la recordaban de su viaje anterior no
pudieron menos que notar su pelo cano, su semblante ajado, su cuerpo
encorvado, sus dientes ausentes. Así y todo no dejó de hablarles a las
mujeres de la necesidad de la obra misionera y las animó a que fueran
ellas las sostenedoras de la obra que Dios les ponía cono reto.
Con grandes deseos de regresar a su casa en Tengchow, Lottie se embarcó
el 27 de febrero de 1904 para volver a vestir su ropa china, la que le
quedaba bien, la que llevaba con gusto y la que coincidía en todo con su
alma china. Eran sus chinos los que la necesitaban. Su familia había
quedado en su país atendida y gozando de relativa tranquilidad en lo
suyo. Ella había regresado a lo que verdaderamente constituía su vida.
Continuaron
llegando misioneros y Lottie entrenaba a todos con amor y cariño y una
dedicación increíble. Sacaba fuerzas de donde ya no había.
Comenzó una
terrible temporada que habría de extenderse por toda China. El hambre
hizo presa de todo el país y las enfermedades minaban aldeas enteras. Con
más denuedo y tesón Lottie Moon se movía entre los suyos y daba más y
más cada día.
Por otro lado, la
Junta de Misiones Foráneas estaba confrontando una fuerte deuda y por
ello le comunicó a Lottie Moon que no podían continuar mandando ninguna
ayuda a China. Fue cuando la misionera amada y dedicada se sintió
verdaderamente abandonada y totalmente huérfana de ayuda humana.
Lector masculino:
Lottie Moon se deprimía cada día más. Sufría la suerte de sus hermanos
chinos en su propio corazón. Compartía con más devoción todo cuanto
tenía que era bastante poco. Los otros misioneros comenzaron a
preocuparse por el deterioro de su cuerpo y sugirieron que saliera de su
casa y comenzaron a empacar sus pocas pertenencias. Iban a cerrar su amada
casa de Los Cruceritos. Lottie no pudo menos que derramar lágrimas
amargas que conmovieron a los que estaban con ella. Con esto se canceló
el viaje y Lottie permaneció en su verdadero hogar en el medio del
corazón de su país adoptivo que llegó a querer tanto o más que al suyo
propio.
Los misioneros
entonces trataban de traerle lo que podían para que se alimentara, pero
ella la daba a sus hambrientas hermanas chinas. Se quitaba su comida para
darla a los demás. Una misionera llegó un día a verla, pero Lottie no
la reconoció. Se pasaba casi todo el tiempo como en un sopor y era tal su
depresión que comenzó a arrancarse el pelo. Lottie Moon ya no era la
misma, el hambre había minado su cuerpo y afectado su mente.
Sus compañeros en
el campo misionero tomaron la decisión que ella no podía tomar y fue
así como prepararon su viaje de regreso a Estados Unidos. Los misioneros
que se despidieron sabían que no la verían más con vida. Se despedían
de un baluarte de la fe y de una abnegada mujer que verdaderamente había
dado su vida a su campo misionero.
Lectora femenina:
Ese año de 1912 había sido duro y de grandes pruebas. Apenas pesaba 50
libras esa diminuta mujer que depositaron en el Manchuria rumbo a
Japón y finalmente a Estados Unidos. La acompañaba una enfermera
misionera y la esperaba en San Francisco un amigo. Una vez que el Manchuria
dejó el territorio que había constituido su sueño y su vida misionera,
Lottie Moon dejó de desear nada en este mundo y cayó en un sueño del
que no despertó hasta el 18 de diciembre
Cuando animadamente
se dio cuenta de que estaba enferma y que la cuidaban, pidió excusas por
lo importuna que pudo haber sido y pidió oraciones a la enfermera
misionera además de que quiso oír por última vez, "Cristo me
ama," el primer himno que cantó en chino hacía ya 39 años.
Esa fue la
despedida de una pequeña mujer de corazón grande y abierto para las
misiones cuando todavía no se concebía que una mujer pudiera dar su vida
en servicio y amor.
Lector masculino:
El 19 de diciembre de 1912, Lottie Moon solamente señalaba con su mano
débil hacia las alturas, hacia su hogar celestial y eterno. Ya no
anhelaba nada más. Al fin el barco llegó a Kobe, Japón, que había sido
hogar de Lottie por casi un año y donde trabajó con el mismo tesón por
la salvación de preciosas almas japonesas.
Amaneció el 24 de
diciembre, víspera de Navidad, época que fue siempre una constante en la
vida de Charlotte D. Moon. Era martes. La amada misionera, alma y
dedicación de las misiones mundiales, abrió los ojos, saludó a la
usanza china y se fue con su Señor.
En Yokohama,
Japón, el jueves 26 de diciembre, un día después de Navidad las
frágiles 50 libras que quedaban de Lottie Moon se cremaron y se guardaron
en una urna. Fue todo lo que llegó a Estados Unidos de una verdadera
pionera en el esparcimiento de la palabra por el mundo.
Cuando se cerró su
casa en Tengchow y se vendieron sus posesiones, todo llegó a un total de
$254.00. No hubiese podido regresar a su país porque no le habría
alcanzado el dinero.
Lottie fue llorada
por chinos y americanos salvando la distancia de un enorme mar de por
medio. Su vida fue de olor fragante, agradable, de servicio y amor. Jamás
nadie antes había hecho lo que ella hizo, levantar las consciencias de
las mujeres bautistas, enseñarles a los líderes de la junta foránea que
había compromiso con las misiones.
Lectora femenina:
El nombre de Lottie Moon será recordado por todas las generaciones de
misioneros por la estela que dejó tras sí. Ese año (1912) se celebraron
2,358 bautizos en China. En 1918 Annie Armstrong, quien años antes había
renunciado al matrimonio con un misionero a la China por sentirse llamada
a las misiones domésticas, propuso que la ofrenda anual para misiones
extranjeras llevara el nombre de Lottie Moon, nombre que va unido a
ideales excelsos y a inspiración para trabajar más por las misiones. Su
nombre no se olvidará mientras haya puertas que se cierran al evangelio y
obreros que no respondan al llamado de Dios.
Lector masculino:
Murió por amor, quien por amor se dio.
Fin
Muchos de los datos que conforman esta historia se fueron recogiendo en
distintos programas misioneros desde los años cuando la autora formaba
parte de las Auxiliares de Niñas, hoy Niñas en Acción, en sus lejanos
años de adolescente en Cuba.
Además, asistida
parcialmente por algunas historias sobre la vida de Lottie Moon* y de
artículos en revistas misioneras, se ha tratado de reunir datos que
constituyen la totalidad de lo que aquí se comenta. *Entre éstas se
incluye La nueva historia de Lottie Moon, por Catherine B. Allen
(Birmingham, Alabama: WMU, SBC, 1992).
Sería imposible
dar crédito por nombres a autores y autoridades que se han dedicado a no
olvidar una vida tan fructífera e interesante para los bautistas. Han
sido muchos años los que han pasado desde que comenzó a fomentarse la
idea de algo distinto sobre la vida de una pionera de la fe hasta que se
logró consolidar la misma, por lo que globalmente se incluyen a todos
aquellos que de una manera u otra, influyeron en la creación del presente
trabajo.
A.M.A.
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