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Nuestra Tarea
de marzo/abril/mayo

 


Rayos de esperanza:
Cómo vencer la
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Vive el llamado: Lidia

Hechos 16:13–15, 40

 

Las vestimentas de púrpura eran valiosas y costosas. Era la ropa que usaban las personas de la época como muestra de nobleza o realeza. Lidia era vendedora de púrpura. Era una mujer que tenía un negocio próspero y recursos económicos suficientes para sostener a su familia y ayudar a otros.

 

Lidia era de Tiatira, una ciudad que luego se convirtió en Filipos, una colonia romana al norte de Grecia. Una de las cartas de Cristo a las siete iglesias fue dirigida a Tiatira (Apocalipsis 1:11). Fue en Filipos donde Pablo estableció la primera iglesia en Europa.

 

Después de que Pablo habló con un grupo de mujeres piadosas que se reunían a orar y adorar a Dios junto a un río, Lidia, quien estaba entre ellas, se convirtió. Fueron bautizadas ella y su familia (Hechos 16:14–15). El bautismo era una señal de identificación con Cristo y con su comunidad. El hogar de Lidia ya era un hogar cristiano.

 

Después de su bautismo, Lidia obedeció al llamado de Dios de practicar la hospitalidad. Invitó a Pablo y a sus compañeros a ir a su casa a descansar. Dice el narrador, Lucas: “Y nos obligó a quedarnos”. Más adelante (v. 40) dice que fueron a casa de Lidia después de salir de la cárcel.

 

En la Biblia no se menciona más a Lidia; sin embargo, cuando una persona es mencionada por nombre es porque nos deja un legado digno o de evitar o de imitar.

 

La actitud de Lidia es digna de imitar. Ella nos ha demostrado que a pesar de estar ocupada en sus negocios y de ser una mujer de influencia en su comunidad y en su hogar, tenía el valor y la nobleza de albergar en su hogar a aquellos que eran mirados como ciudadanos de segunda clase.

 

Ejemplo contemporáneo

Una familia llegó a un país determinado a pasar un rato hasta llegar al país donde pensaban vivir el resto de sus vidas. Una familia de misioneros los recogió con mucho amor, y preparó todas las condiciones para que esa familia compuesta por los padres y sus tres hijos se sintieran como en su hogar durante los siguientes 45 días. La misionera les dijo: “Dios es muy grande. Todos los meses nos reunimos un grupo de mujeres cristianas a compartir experiencias, estudiar la Biblia, interceder unas por otras, y últimamente hemos estado intercambiando libros. A mí me tocó leer un libro sobre la hospitalidad, y le pregunté a Dios: ‘Señor, ¿para qué me va a servir un libro sobre este tema si a nosotros nunca nos viene a visitar nadie?’ … y Dios me envió a ustedes para que practicara lo que aprendí”. Dios sabía que esa misionera iba a tener la oportunidad de hospedar en su casa a una familia desconocida que necesitaba recibir el calor y el amor de unos cristianos.

 

Para reflexión: Dios nos puede llamar y prepararnos para responder a su llamado. Lo único que nosotros tenemos que hacer es tener la mente y el corazón abiertos para recibir sus instrucciones y seguirlas. ¿Cuántas veces han encontrado a Dios sus invitados en su hogar? ¿Cómo se dio cuenta de que era Dios quien la estaba preparando para algo tan especial? ¿Cuán dispuesta está usted a obedecer a Dios?

 

—Rev. Ángel López y Mirián López, Hialeah, Florida

 




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