Vive el llamado: Lidia
Hechos 16:13–15, 40
Las vestimentas de púrpura eran valiosas
y costosas. Era la ropa que usaban las personas de la época como muestra de
nobleza o realeza. Lidia era vendedora de púrpura. Era una mujer que tenía un
negocio próspero y recursos económicos suficientes para sostener a su familia y
ayudar a otros.
Lidia era de Tiatira, una ciudad que
luego se convirtió en Filipos, una colonia romana al norte de Grecia. Una de
las cartas de Cristo a las siete iglesias fue dirigida a Tiatira (Apocalipsis
1:11). Fue en Filipos donde Pablo estableció la primera iglesia en Europa.
Después de que Pablo habló con un grupo
de mujeres piadosas que se reunían a orar y adorar a Dios junto a un río,
Lidia, quien estaba entre ellas, se convirtió. Fueron bautizadas ella y su
familia (Hechos 16:14–15). El bautismo era una señal de identificación con Cristo
y con su comunidad. El hogar de Lidia ya era un hogar cristiano.
Después de su bautismo, Lidia obedeció al
llamado de Dios de practicar la hospitalidad. Invitó a Pablo y a sus compañeros
a ir a su casa a descansar. Dice el narrador, Lucas: “Y nos obligó a
quedarnos”. Más adelante (v. 40) dice que fueron a casa de Lidia después de
salir de la cárcel.
En la Biblia no se menciona más a Lidia;
sin embargo, cuando una persona es mencionada por nombre es porque nos deja un
legado digno o de evitar o de imitar.
La actitud de Lidia es digna de imitar.
Ella nos ha demostrado que a pesar de estar ocupada en sus negocios y de ser
una mujer de influencia en su comunidad y en su hogar, tenía el valor y la
nobleza de albergar en su hogar a aquellos que eran mirados como ciudadanos de
segunda clase.
Ejemplo contemporáneo
Una familia llegó a un país determinado a
pasar un rato hasta llegar al país donde pensaban vivir el resto de sus vidas.
Una familia de misioneros los recogió con mucho amor, y preparó todas las
condiciones para que esa familia compuesta por los padres y sus tres hijos se
sintieran como en su hogar durante los siguientes 45 días. La misionera les
dijo: “Dios es muy grande. Todos los meses nos reunimos un grupo de mujeres
cristianas a compartir experiencias, estudiar la Biblia, interceder unas por
otras, y últimamente hemos estado intercambiando libros. A mí me tocó leer un
libro sobre la hospitalidad, y le pregunté a Dios: ‘Señor, ¿para qué me va a
servir un libro sobre este tema si a nosotros nunca nos viene a visitar nadie?’
… y Dios me envió a ustedes para que practicara lo que aprendí”. Dios sabía que
esa misionera iba a tener la oportunidad de hospedar en su casa a una familia
desconocida que necesitaba recibir el calor y el amor de unos cristianos.
Para reflexión: Dios nos puede llamar y prepararnos para responder a su llamado.
Lo único que nosotros tenemos que hacer es tener la mente y el corazón abiertos
para recibir sus instrucciones y seguirlas. ¿Cuántas veces han encontrado a
Dios sus invitados en su hogar? ¿Cómo se dio cuenta de que era Dios quien la
estaba preparando para algo tan especial? ¿Cuán dispuesta está usted a obedecer
a Dios?
—Rev. Ángel López y Mirián López,
Hialeah, Florida